Es posible que tenga un criterio arquitectónico discutible, y un extraño sentido patriótico al atacar a Richard Rogers o a Norman Foster, puntas de lanza, y embajadores en el mundo de la arquitectura high tech británica.
También es probable que no eligiera adecuadamente a su primera esposa, una Lady Di que nunca estuvo a la altura del cargo que ostentaba, y que sea chismoso e inoportuno como su padre, el Duque de Edimburgo. Pero nadie más que el Príncipe de Gales repara que debe ser el gris, el color del chaqué que hay que llevar a una boda celebrada de día, ni luce con tanta discreta prestancia los trajes entallados de rígidos hombros, cortados en toda la paleta de azules por Anderson & Shepard en Savile Row, perfectamente conjuntados con sus zapatos, manufacturados en Northampton por Edward Green o John Lobb.
La forma de llevar el sombrero de copa en Ascot o en el Derby de Epsom, el kilt a cuadros saliendo de un Range Rover en Balmoral, el uniforme de la Armada en un desfile, o la ropa de montar en un partido de polo, le otorgan a Carlos de Inglaterra el oficioso título de hombre más elegante del mundo al adecuar siempre de manera perfecta su atuendo a la altura del cargo que desempeña, y representando por antonomasia al perfecto caballero inglés.
GIELGUD.
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