En estos tiempos en el que el chismorreo se ha convertido en una industria, cuesta encajar a alguien como Sabino Fernández
Campo que nos acaba de dejar, y que fue un ejemplo de elegante discreción y de fidelidad a su alta responsabilidad como Jefe de la Casa del Rey.
En su difícil labor como consejero áulico tuvo que afrontar momentos difíciles como el 23 F, en el que permaneció entre bastidores desarrollando una continua comunicación con las Capitanías Generales y el Estado Mayor, y figurará para los libros de Historia, su respuesta a la pregunta del general Juste sobre la llegada a la Zarzuela del general Armada, uno de los muñidores del golpe: “Ni está ni se le espera”.
En 1992 el Rey le concedió el título de Conde Latores, con Grandeza de España, por su larga trayectoria de destacados servicios al Estado.
Militar de formación, donde llegó a ser General Interventor, supo mantener la independencia de la Casa Real a salvo de la influencia de ciertos poderes fácticos y económicos, hecho que no siempre le fue reconocido, y que le provocó cierta animadversión de algunos sectores. Tras su relevo el 8 de Enero de 1993 por el diplomático Fernando Almansa, fue nombrado consejero privado del Rey y le fue concedida la Gran Cruz de Carlos III.
Dejó dicho que no escribiría memorias, aún consciente de la trascendental información que aportarían al entendimiento de aquellos años,. El consenso de toda la clase política y social en resaltar la importancia de su labor, en aquellos turbulentos tiempos de la Transición, no hará sino agigantar la grandeza de su figura con el paso del tiempo.
Gielgud.


Es posible que tenga un criterio arquitectónico discutible, y un extraño sentido patriótico al atacar a Richard Rogers o a Norman Foster, puntas de lanza, y embajadores en el mundo de la arquitectura high tech británica.
Que el elevado poder adquisitivo del que disfrutan los ases del deporte actual, no tiene que ver nada con el estilo con el que visten (la carencia de éste) es un asunto que se entiende fácilmente viendo fotografías de antiguos jugadores del Madrid con camisetas con el logotopo de Versace en lentejuelas, americana negra, zapatos de Dolce y Gabbanna con la punteras apuntando al cielo, y una gruesa capa de grasienta gomina aplastandoles el pelo.
En esta recién estrenada estación, cuando el calor aprieta de verdad, no por ello debiera un caballero bajar la guardia en cuanto a la elección de un atuendo adecuado a los cánones de la elegancia (el Príncipe de Gales fue fotografiado hace unos años, en la cubierta del yate de un amigo, rodeado de mujeres en bikini, ataviado con traje corbata y chaleco!)
Siendo conscientes de que el lujo no es más que un episodio poco trascendental en la vida de un caballero y que la necesidad por la ostentación, de ningún modo debe ser una característica del auténtico gentleman, traemos hoy a nuestro rincón, dos iniciativas virtuales muy reales, que se ocupan de este tipo de artículos.
Bombardeándonos como se nos bombardea, probablemente a estas alturas, sea decadente y hasta vulgar, hablar de la crisis y de sus efectos en el mundo del lujo y las marcas de renombre. En el 